domingo, 17 de enero de 2010

Jon Kortazar y el argentino Pedro Lopepé hallan nuevos datos sobre el abuelo vasco de Julio Cortázar

Jon Kortazar y el argentino Pedro Lopepé hallan nuevos datos sobre el abuelo vasco de Julio Cortázar (Maite redondo, Ander Egiluz - deia.com)

Por el lado paterno, Cortázar es un apellido vasco. Me han dicho incluso que hay una aldea en el País Vasco que tiene ese nombre, que yo no he visitado nunca. Mi abuelo era uno de esos vascos que emigró a la Argentina y que en una de las provincias del Norte, en Salta, se dedicó a la agricultura y tal vez un poco a la ganadería. No lo sé bien. Nunca me interesó el árbol genealógico. Incluso me faltan datos concretos. No conozco muy bien mis antecedentes". El gran escritor argentino Julio Cortázar -que nació accidentalmente en Bruselas, en 1914, mientras los obuses estallaban en la ciudad- recordaba así sus raíces vascas durante una entrevista que le realizaron para TVE en 1977.

Pero lo cierto es que si el autor de obras claves de la literatura contemporánea como Rayuela, El perseguidor o Bestiario, se hubiera acercado a Euskadi, se habría podido reencontrar con sus raíces. Podría haberse paseado por las angostas calles de Ea donde vivieron sus bisabuelos y su abuelo, y haber visitado el puerto, donde discurría la vida de sus familiares, marinos mercantes, habituales en los viajes al otro lado del Atlántico.

Hasta ahora, poco o casi nada se conocía de la ascendencia del escritor argentino. Se había apuntado que su abuelo, Pedro Valentín Cortázar, provenía de Ea y que había llegado a Salta, ciudad en el norte del país, donde se había casado y donde vivió hasta su muerte. Un abogado argentino, Pedro Lopepé, y el escritor, ensayista y crítico literario Jon Kortazar han realizado una rigurosa investigación para profundizar en los orígenes vascos de Julio Cortázar, un escritor que ocupa un lugar de honor entre los más grandes autores del siglo XX, maestro del cuento al lado de figuras como Jorge Luis Borges, Anton Chejov y Edgar Allan Poe.

- El abuelo de Julio.

Pedro Lopepé es un prestigioso abogado de Buenos Aires que siempre ha sentido una gran fascinación por el escritor argentino. Conoce a Jon Kortazar desde hace tiempo y siempre le ha preguntado si era familiar del autor de Rayuela. Lo cierto es que la familia del ensayista vasco y la de Julio Cortázar han compartido hasta dos apellidos, Cortázar Mendiola. "Pero mi familia proviene de Busturia y la de Julio, de Ea", aclara el escritor, Premio Lauaxeta 2009.

"Pedro ha viajado en numerosas ocasiones desde Buenos Aires para bucear en la vida del abuelo de Cortázar en Salta, y yo, he investigado en Ea. Hemos encontrado más datos que nos permiten conocer mejor quién era Pedro Valentín Cortázar".

Kortazar encontró en el Archivo Histórico Eclesiástico de Bizkaia el acta de bautismo del abuelo del escritor. "El día quince de octubre de mil ocho cientos y cuarenta, yo el infraescrito Beneficiado y Cura de la Parroquia San Juan Bautista de Puebla de Ea, bauticé solemnemente a una criatura, que según relación de su abuela materna, nació a las doce horas del medio día, a quien puse por nombre Pedro Balentín: hijo del Xitiano Matrimonio de Balentín de Cortázar y de Josefa de Mendiola ambos naturales vecinos y parroquianos de esta: Abuelos paternos Francisco de Cortázar, y María Martina de Ugarriza ambos naturales vecinos y parroquianos de esta, maternos José de Mendiola y Josefa de Eguia, él natural de Yspaster y ella de Dima, vecinos y parroquianos de esta".

"Todo el mundo pensaba que había emigrado a Argentina, pero Lopepé encontró datos en Salta que contradecían esta hipótesis. Era marino como su padre y su cuñado. Empezó a navegar con 13 ó 14 años y llegó a ser teniente de navío mercante. Probablemente lo que pasó es que en estos viajes, decidió quedarse en Argentina, aunque desconocemos el motivo", explica Jon Kortazar. Se ignora también en qué año llegó a Argentina, y si llegó por Buenos Aires o por Chile. Se suele citar la fecha de 1860 como año de su llegada. En 1875 se casó en Salta con Carmen Arias. La casa en la que vivieron se ha convertido en un museo histórico. Tuvieron siete hijos: Pedro José, Antonia, Augusto, Desiderio Pablo, Julio José -el padre de Julio Cortázar-, María y Carmen Rosa.

La familia mantuvo un alto nivel económico en la sociedad salteña y Pedro Valentín llegó a dirigir el Banco Hipotecario Nacional. Murió el 29 de diciembre de 1912, a causa de un aneurisma de aorta.

- Julio y su padre.

Probablemente, el hecho de que el padre del escritor abandonara a la familia fue por lo que Julio Cortázar mostró un fuerte desapego para con su rama paterna. El abuelo, Pedro Valentín Cortázar Mendiola, había muerto dos años antes de que él naciera, por lo que nunca pudo contarle nada de sus raíces. Tampoco tuvo oportunidad de tratar estos temas con su progenitor, de quien llegó a decir que "nunca hizo nada por nosotros".

El padre desapareció junto con otra mujer cuando Julio tenía seis años, dejando a su madre, una mujer muy culta, en una situación penosa, a cargo de dos hijos y en una Argentina "machista al cien por cien", que nunca habría aceptado que ejerciese ninguna profesión liberal, a pesar de que "habría sido una traductora estupenda", ya que sabía inglés, alemán, francés y castellano. No volvió a tener noticias hasta que, muchos años más tarde, recibió una correspondencia del abogado notificándole su muerte "por un papel que había que firmar y ese tipo de cosas...".

- Jon Kortazar intenta localizar el caserío en el que vivieron los Landeta Cortázar (M. Redondo, A. Egiluz - deia.com)

Pero, ¿quedan todavía familiares de Julio Cortázar en Ea? Esta es una segunda cuestión que el escritor y ensayista Jon Kortazar está intentando averiguar. Kortazar se ha puesto en contacto con el alcalde de la localidad, Asier Madarieta, para intentar encontrar más datos de dónde vivió exactamente la familia del escritor argentino de origen vasco.

De su bisabuelo se ha encontrado bastante más documentación. Al igual que Pedro Valentín, era también capitán de barco. Según relata el escritor vasco, "se quedó huérfano de padre muy joven y empezó a navegar para mantener a sus hermanos y a su madre, fundamentalmente pescando bacalao en los países nórdicos.

Se sabe que cuando se retiró se instaló definitivamente en Ea y allí vivió con su mujer y su hija. Jon Kortazar cuenta incluso una curiosa anécdota de la que han podido encontrar documentación. Al parecer, fue sorprendido por los carabineros en Ea al intentar desembarcar material de contrabando de un viaje a la Habana. El suceso se saldó con el pago de una fuerte multa.

Las propiedades del bisabuelo, que deberían haber pasado a Pedro Valentín Cortázar por ser el primogénito, pasaron a manos de la hermana de éste, Martina Josefa Cortázar. Esta mujer contrajo matrimonio con Genaro Landeta, con quien tuvo siete hijos.

- Siglo XX.

En 1900 la familia del escritor seguía viviendo en Ea. Al parecer, se localizaron por esa época varios Landeta Cortázar, de los que se ha encontrado poca información, por ahora. Filomena, Martina y Gerbasio Landeta Cortázar murieron en la localidad vizcaina, pero no en el caserío, sino en un piso de la Calle Nueva -hoy en día Kale Barria-. De estos tres se sabe que ninguno contrajo matrimonio: las dos hermanas fallecieron solteras y entradas en años, pero Gerbasio murió con tan sólo 38 años.

De los otros cuatro hermanos sólo se conoce el nombre: Pedro Balentin, Josefa, Genaro y Antonio. En estos momentos se investiga la localización del caserío familiar en el que vivieron los hermanos del abuelo de Cortázar.

- Letras para la eternidad (M. Redondo, A. Egiluz - deia.com)

El escritor Julio Cortázar fue un argentino nacido en Bruselas y enterrado en París. Vivió en Bélgica, Suiza, Argentina, Italia, Francia... Además de castellano, hablaba un magnífico inglés y un depurado francés, y chapurreaba italiano; pero nunca entonó el euskera.

Cronopio por antonomasia, creó la figura casi humana de estos seres "como poetas, asociales, que viven al margen de las cosas"; retrató a los famas -grandes gerentes de los bancos y presidentes de las repúblicas- y a las esperanzas -a medio camino entre los dos anteriores-. Caricaturizó así, con rebeldía y pluma surrealista, la cotidianidad de la vida. No sólo en Historias de cronopios y de famas (1962), sino en toda su obra.

Sabía hablar en el idioma de los jóvenes y hacerse entender entre los adultos, aunque a veces no fuese consciente de a quien se dirigía: "Escribí Rayuela para mí, es decir, para un hombre de más de cuarenta años y su circunstancia -otros hombres y mujeres de más de cuarenta años-", dejó escrito en sus papeles inesperados. "Y mientras los viejos, los lectores lógicos de ese libro, escogían quedarse al margen (…), los jóvenes hicieron otro libro de ese libro que no les había estado conscientemente destinado".

Rayuela (1963), "la experiencia de toda una vida y la tentativa de llevarla a la escritura", según el autor, revolucionó la literatura hispanoamericana por esa manera de romper la línea cronológica del tiempo y por la profundidad psicológica de cada uno de sus personajes: Oliveira, La Maga, Gregorovius... Todos ellos amantes del jazz, en mayor o menor medida; como el autor.

Julio admiraba a los jazzmen, especialmente a Charlie Parker, el yardbird. En él se basó para escribir El perseguidor (1959), relato corto publicado en Las armas secretas. Años más tarde se daría cuenta de que era "un primer germen de Rayuela, una pequeña rayuelita".

También le deslumbraban los boxeadores, porque luchan uno contra uno y porque a veces gana el más débil, con quien él "siempre estaba". Julio también luchó por Latinoamérica, contra el imperialismo norteamericano. Era muy argentino, a pesar de que su nacimiento en la embajada argentina de Bruselas "fue un producto del turismo y la diplomacia" y, también, a pesar de no haberse podido deshacer, en sus 70 años de vida, de esa erre, que pronunciaba como un fgancés. Quizás estaba predestinado a ser universal.

domingo, 10 de enero de 2010

Juan Ramón Jiménez - "Guerra en España". El poeta y la guerra

Juan Ramón Jiménez - "Guerra en España". El poeta y la guerra (Luis Arias Argüelles Meres - lne.es)

Nunca quiso ser hombre de acción. Aislado siempre del mundanal ruido. Su principal empeño fue la poesía. Y, sin embargo, llegado el momento, no tuvo reparo en manifestar su compromiso con la República. Hablamos de Juan Ramón Jiménez, hablamos del poeta que no quiso volver a la España de Franco, por mucho que en su obra no hubiese estridencias ni combates a ras de suelo, aquellas cosas que los censores podían advertir sin demasiado esfuerzo. Hablamos, ciñéndonos a la actualidad, de la reedición de su obra «Guerra en España» que, con respecto a la versión publicada en 1985 al cuidado del poeta Ángel Crespo, presenta cambios que son muy notables. Se trata de 880 páginas frente a las 335 que tenía la anterior, así como de 150 imágenes frente a 27. Esta edición definitiva se debe sobre todo al ingente trabajo de la investigadora Soledad González Ródenas.

Se trata de una recopilación que hizo del poeta de Moguer a lo largo de su vida con respecto a personas, obras y acontecimientos que guardaron relación con la República.

Y, más allá de un análisis pormenorizado del libro, que habrá que hacer en su momento, lo más llamativo es que, ante el afán de unos cuantos por crear confusión con respecto al significado de la Segunda República, esta obra de Juan Ramón resulta tremendamente esclarecedora.

Ante un escritor que ni de lejos incurrió jamás en lo panfletario, ante un poeta que buscaba sobre todo el perfeccionismo, ante un literato que no ambicionó jamás destacar en la vida pública en algo que no tuviese relación con su obra, es difícil argüir en su contra bajo el pretexto de intereses personales o políticos. Ítem más, resulta imposible rebatirlo con argumentos que no sean estéticos.

Nos encontramos, además, con un gran libro en prosa de un poeta. Es muy significativo a este respecto lo que en su momento señaló uno de los principales estudiosos juanramonianos, Ricardo Gullón, cuando, al ocuparse de otro libro en prosa del poeta de Moguer, «Españoles de tres mundos», afirmó que se trataba de «uno de los dos mejores libros de prosa escritos en nuestro siglo y en nuestra lengua. (El otro sería, ¡qué casualidad!, “Juan de Mairena”, de Antonio Machado)».

Así pues, un poeta que escribe en prosa sobre la República, manifestando su compromiso con ella. Para el muy prolífico Andrés Trapiello, se trata de «la gran novela de la Guerra Civil española». Es curioso que se hable de novela cuando, además de no haber ficción, sino retratos de personajes de su tiempo, así como opiniones del poeta, tampoco se encuentra un discurso narrativo propiamente dicho. Acaso por todo eso, tenga su parte de ingenioso lo que apunta este escritor que tanto se prodiga.

En días como éstos, en lo que está tan reciente la infructuosa búsqueda de los restos de Lorca, el libro de Juan Ramón sobre la República viene a ser un refuerzo a la justicia poética que los hechos históricos están pidiendo a gritos.

Es también un libro que da cuenta de los avatares sufridos por el poeta desde el estallido de la guerra. Por ejemplo, parece ser que en abril del 39 la casa madrileña de Juan Ramón fue saqueada, y en el expolio se llevaron libros, manuscritos y cuadros.

Además de esto, se quiso forjar una imagen del poeta desde la España de Franco que Juan Ramón desde el exilio sólo pudo combatir con parte de muchas de las cosas que consignó en este libro.

Otro detalle que habla de la enorme generosidad del franquismo fue el hecho de que la editorial Espasa-Calpe, atendiendo a los requerimientos del régimen surgido tras la gloriosa cruzada, le rescindió el contrato, como hizo, según se cuenta, con los exiliados que no eran muy entusiastas con el nuevo régimen.

Un Juan Ramón desterrado y exiliado que vivió desde la dolorosa partida sus días en republicano, o, si se prefiere decir de otro modo, con lealtad al Estado que se proclamó el 14 de abril del 31.

Libro que da cuenta de lo que fue el exilio no sólo de Juan Ramón, sino de otros muchos intelectuales españoles, cuya mayor o menor coherencia es puesta de relieve por el gran poeta de Moguer.

El poeta y la guerra. El poeta que supo del asesinato de Lorca y de la muerte de Machado, el poeta que, hasta los últimos días de su vida, siguió siendo leal al significado de la Segunda República.

El poeta al que se le concedió el Premio Nobel y que no quiso celebrar tan prestigioso galardón en su país. El poeta que clamaba por el nombre exacto de las cosas, que no permitía que en sus escritos tuvieran cabida ni las estridencias ni los tópicos, comparece en la España de hoy dando una lección de justicia poética con admirable y trabajada prosa.

El poeta y su memoria, desterrada, exiliada, pero lúcida y con continuidad hasta su último suspiro.

Para quienes estén interesados en conocer lo que fue el exilio literario español visto por uno de sus miembros más destacados, este libro es cita obligada con lo mejor de un tiempo y un país en la pluma de uno de sus gigantes literarios.

Poesía y verdad, la madrugada en la que asesinaron a Lorca; aquellos últimos versos de un Machado moribundo en un papel arrugado.

De lejos, desde lejos, desde que el poeta y Zenobia abandonaron su casa el 20 de agosto de 1936, la República viajó, también, con ellos.

El libro del que les hablo cuenta la peripecia seguida por el poeta hasta su muerte.

Juan Ramón y la República. La poesía y la República.

¡Cuántos abismos y naufragios nos separan de todo eso y los contemplan!

lunes, 28 de diciembre de 2009

Inocencia impaciente (Isabel Fonseca)

Inocencia impaciente (Isabel Fonseca - Vanity Fair)

Vivir en el país equivocado -y viajar de tanto en tanto a los lugares donde no hablan tu lengua materna- es una bendición y una gran suerte. Por lo menos para los escritores. Incluso después de pasar décadas en el extranjero, el mundo adoptado no pierde esa nítida cualidad de ser "otro", un hábitat que requiere una observación desapasionada. Cosa que resulta práctica, porque un escritor nunca deja de trabajar. O no lo hace con mucha frecuencia. Este otoño he estado en Barcelona a propósito de la publicación de un libro y para asistir a una fiesta. Se celebraba el cuadragésimo aniversario de Anagrama, esa editorial independiente caracterizada por un internacionalismo tan marcado que el 62% de su catálogo se compone de libros traducidos (entre sus escritores hispanoparlantes se esconden varias docenas de extranjeros más: los latinoamericanos).

La fiesta, como sucede en esa ciudad cosmopolita, se desarrolló en castellano, catalán, francés e inglés. Y el tema candente de esa semana fue la inesperada detención de Roman Polanski: genio indómito, degenerado desplazado y, de forma menos discutible, hombre dotado de un talento sobrenatural para estar en el lugar equivocado. A Polanski lo llevaron a Polonia de niño (había nacido en París), donde presenció, literalmente, cómo el gueto de Varsovia se cerraba en torno a él. Vio, a los ocho años, cómo se llevaban a sus padres, a los que subieron a unos trenes que se dirigían a los campos de concentración (su madre nunca volvió). A los 10 se escapó del gueto y llegó a la supuesta seguridad bucólica del campo polaco, donde lo acogió una bondadosa familia de campesinos, aunque allí los soldados alemanes le disparaban "como si yo fuera un ardilla, o algo así". Y todavía tuvo que malgastar su juventud en la muy lóbrega Polonia comunista.

El resto es aún menos esperanzador. Los Ángeles, una especie de cielo esperadísimo (incluso vivió en una calle llamada Cielo Drive), resultó ser el más equivocado de los lugares equivocados. Allí, la aniquilación de su mujer embarazada -en aquellos horripilantes asesinatos- puso el punto final a los locos años sesenta. Y la vida de Polanski, como una película de terror que sólo él podría haber rodado, siguió proyectándose: su famoso delito, el famoso juicio, la famosa fuga, y después, décadas más tarde, la surrealista detención en ese país ultradiscreto, profesionalmente neutral, cómodamente trilingüe, lleno de cencerros y de chocolate: Suiza.

A los asistentes a la fiesta de Barcelona les parecía obvio que ser ciudadano del mundo era el mayor privilegio de nuestra época moderna y globalizada; pero también estaba Polanski. ¿Era un hombre de mundo? ¿O un hombre a la fuga? Mientras los otros se batían en duelo, yo pensaba sobre todo en mi hija de 13 años, ciertamente una niña, a quien imaginaba durmiendo en Londres sin correr peligro alguno. Pero también recordó lo que yo sentí cuando era adolescente, en 1977.

Me acuerdo sobre todo de un día, o más bien de una noche. Era a finales de abril (unos meses antes del desastroso encuentro de Polanski en el jacuzzi de Mulholland Drive). Había conseguido escaparme del colegio en el que estaba internada y, no sé cómo (mi hermana conocía a alguien), entré en el Studio 54 la noche de su inauguración. Qué contentas nos pusimos mis amigas y yo cuando leímos al día siguiente que a Warren Beatty, a Cher y a Frank Sinatra les habían denegado la entrada. Ése era el concepto del Studio 54 y, en cierto sentido, de aquella época (todavía quedaba toda una generación para que llegara la fama implacable de los realities): mezclar a las estrellas con desconocidos, sobre todo con desconocidos adolescentes y guapos. Yo tenía dieciséis años, no trece pero -para ser justos con la madre, tan frecuentemente atacada, de la presa de Polanski-, en aquellos tiempos los padres no tenían una actitud tan vigilante: la gente no estaba siempre esperando lo peor.

Las chicas, desde luego, no sentíamos ningún miedo. ¿Por qué íbamos a sentirlo? Éramos jóvenes, y éramos las elegidas. en las escasas ocasiones en las que acudíamos al local, Steve Rubell, el dueño, nos colaba y nos metía en la rampa que desembocaba en las fauces del Studio 54, el lugar al que, al parecer, el planeta entero quería ir. Dentro de la gruta de luces estroboscópicas, oscurecida por ese ridículo humo de discoteca de los años setenta, bailábamos como locas: un círculo de ninfas eufóricas que se contoneaban y que vociferaban (aunque no éramos nínfulas, y menos aún ninfómanas), como siervas de Diana en el umbrío bosque de la discoteca; Diana, diosa de la luna y de los bosques y, por supuesto, de la caza; Diana, que también encarnaba la castidad.

Todo lo demás estaba presente, a la vista de todos y disponible para nosotras: el vodka, el piso superior en el que "sabíamos" que la gente mantenía relaciones sexuales; las mesas de cristal, donde figuras encorvadas preparaban las rayas de coca con tarjetas de crédito y las esnifaban con billetes de dólar enrollados. (Hasta los objetos de decoración se metían cocaína: ¿dónde habrá terminado aquel luminoso enorme en forma de luna con rostro humano que tenía una cuchara de plata?). Una nueva estirpe de pijos extranjeros -que aún no habían recibido el apelativo de eurotrash- apareció durante aquella época, mucho más sofisticados que los chicos estadounidenses (y el año siguiente, una hornada de persas elegantísimos, que habían escapado de Teherán antes que el sha, llegaron a nuestro pequeño y austero internado de Nueva Inglaterra: unos chicos de 17 años, aturdidos y maravillosamente extraños, que vestían cachemira y tenían coches deportivos). Pero en Discolandia éramos suficientemente jóvenes y, a diferencia de Samantha Geimar, la víctima de Polanski, tuvimos la suerte de pode reírnos de las esquinas oscuras y de todas las veces que escapábamos por los pelos. En realidad, el pasado es otro país, y a mí me gusta vivir donde estoy ahora.

Residir en el país equivocado presenta otra ventaja imprevista. Tu país de origen no pierde la frescura y tú, en cierto sentido, nunca dejas de ser joven. Mi casa está en Londres, pero siempre me encanta volver a mi ciudad natal, Nueva York, en la que puedo imaginar que tengo 23 años, mi edad cuando me marché, cuando mi vida aún era (para mí) un deslumbrante signo de interrogación. Hace poco, en un de esas visitas, cené con unos primos. El restaurante era italiano, los camareros, ecuatorianos, el idioma inglés, el vino, argentino; y cuando planteé la idea de que yo tenía suerte de ser de aquel lugar, no de estar allí, uno de mis primos me lanzó un ataque preventivo con esa seguridad típicamente americana. Me respondió que yo no sólo me había quedado sin hogar, sino también sin alma y, para ilustrarlo, citó a un escocés, a sir Walter Scott: "Allí se encuentra un hombre de espíritu muerto / pues nunca se dijo a sí mismo: ¡he ahí mi tierra natal!".

Cuando volví a casa, a Londres, sondeé a mis dos hijas, que han tenido que cambiar de entorno varias veces y que han vivido en dos idiomas y en dos hemisferios distintos. Pero que, como todavía son niñas (la cuestión que el viejo Polanski no llegó a comprender), no han elegido su identidad fracturada, algunos dirían que desarraigada. Las dos defendieron enseguida sus circunstancias cambiantes. Yo insistí: ¿qué tiene de bueno haber vivido en tantos sitios "Le pierdes el miedo a lo nuevo", observó Clío, mi hija de 10 años, que acababa de empezar a estudiar en su sexto colegio. Pero las últimas palabras deben ser las de mi hija de 13, ajena a los jacuzzis y a las resonancias más estremecedoras de la metáfora que eligió: "Las oportunidades son como un tren -aseveró Fernanda-. Si lo coges, corres un riesgo. Pero si no corres ese riesgo, te quedas atrapada en la estación".

(fuente: Vanity Fair, enero 2010, págs 18 y 20)

miércoles, 11 de noviembre de 2009

El escritor Tomás Segovia critica la resistencia de España a asumir el exilio

El escritor Tomás Segovia critica la resistencia de España a asumir el exilio (efe - ar.news.yahoo.com)

El poeta nacido en España y exiliado en México por la Guerra Civil española, Tomás Segovia, dijo hoy que "es muy grave" la resistencia que tiene la sociedad española a asumir el exilio como hecho histórico.

El autor de poemas como "Anagnórisis" (1967) hizo estas declaraciones en uno de los actos conmemorativos de los setenta años del inicio del éxodo republicano, que se están celebrando este año en algunos de los países de acogida de quienes tuvieron que huir de España en los años treinta.

México fue uno de esos lugares y a él llegó, y en él se estableció, Segovia en 1940, con 13 años, tras pasar por Francia, Marruecos y Uruguay.

"Para que una democracia sea legítima después de una dictadura es imprescindible deslegitimar la dictadura, juzgarla; en España se están negando a ello y la falta de reconocimiento del exilio es una de las fases", destacó el escritor nacido en Valencia en 1927.

En su opinión, en su país de origen hay una excesiva insistencia en la transición, lo que supone que se vea a la actual democracia como "hija del franquismo".

"La idea de que fue Franco quien nos regaló la democracia se siente en todas las partes de España", aseguró, y añadió que para él "la democracia española es una restitución de la que ya había tenido el país en la época de la República".

Testigo de lo que supone dejar un país y empezar de cero en otro, Segovia dijo que hoy en día podía asemejarse su experiencia vivida con la que sufren los inmigrantes que dejan sus países en busca de una vida mejor.

"Nuestra experiencia es una anticipación de algo que es fundamental en el siglo XXI, la inmigración, los no ciudadanos que sufren hoy en día los problemas de integración", apuntó.

Las apreciaciones de quien fue ganador del premio Poesía Federico García Lorca Ciudad de Granada, en 2008, fueron hechas en una de las mesas de diálogo que se celebrarán estos días en la Universidad Nacional Española a Distancia (UNED) en la capital mexicana y que tratarán de las principales aportaciones que los republicanos tuvieron en México en todos los ámbitos de la sociedad.

En ella también participó el político mexicano Porfirio Muñóz Ledo, quien estuvo de acuerdo con la visión de Segovia referente a la muerte del exilio republicano tras la transición española.

"Hubo una muerte unilateral del exilio republicano en España y desde entonces el binomio es una palabra maldita", apuntó.

Muñoz Ledo analizó el papel que tuvo el presidente Lázaro Cárdenas (quien gobernó en los años del exilio español) para crear la identidad mexicana y unificar dos visiones que había en México sobre España.

"En México desde antes de su independencia había dos españas, la oscurantista, conquistadora y racista, por un lado, y por otro la ilustrada, humanista y generosa", explicó, y "fue Lázaro Cárdenas quien recuperó esta segunda e hizo que el mexicano se reconciliara consigo mismo", añadió.

También destacó la figura de Cárdenas el historiador Javier Garciadiego, quien describió al presidente como alguien "con una gran experiencia política a pesar de su corta edad" que tomaba decisiones "fruto de la estrategia".

Destacó así su enorme capacidad como político y estadista que demostró, entre otros aspectos, "con su decisión de abrir las puertas del país a los españoles exiliados".

Una de las principales aportaciones que los exiliados españoles hicieron a México y que todos los miembros de la mesa destacaron tuvo que ver con la cultura.

En opinión del también historiador José Antonio Matesanz, "no hay un solo campo de la cultura que no haya sido tocado por los exiliados españoles".

Así, apuntó, "influyeron en la transformación cultural de México de una forma espléndida y estuvieron presentes en la mayor parte de la cultura mexicana.

Algo a destacar, concluyó, serían la influencia que tuvieron los profesores exiliados que entraron a dar clases o charlas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), quienes formaron a miles de alumnos y potenciaron dicha transformación cultural.

Abre el XX Coloquio Cervantino Internacional con homenaje a su fundador, Eulalio Ferrer

Abre el XX Coloquio Cervantino Internacional con homenaje a su fundador, Eulalio Ferrer (efe - ar.news.yahoo.com)

El ex presidente colombiano Belisario Betancur abrió hoy en México la XX edición del Coloquio Cervantino Internacional, que toma como eje este año el homenaje a su fundador, el fallecido Eulalio Ferrer (1921-2009).

Investigadores de nueve países se dieron cita en la ciudad de Guanajuato (centro del país) para debatir sobre la obra de Miguel de Cervantes y sobre el Siglo de Oro español.

La propuesta que se ha hecho es renombrar el encuentro Coloquio Cervantino Internacional Eulalio Ferrer. "Todos encontraremos que es un reconocimiento apenas justo a la memoria de Eulalio Ferrer", apuntó en su conferencia magistral Betancur, quien fue amigo personal del fundador.

Betancur recordó de Ferrer "su permanente preocupación por la difusión del Quijote, de su militancia aguerrida y en ocasiones agresivas por las desfiguraciones del Quijote".

En el evento estuvo presente su hija, Ana Sara Ferrer, también representante de la Fundación Cervantina de México.

"Fue un hombre generoso que donó el Museo Iconográfico del Quijote, el cual fue formado en el hogar de la familia, en una casa rodeada de esos símbolos", explicó sobre su progenitor.

Hoy también se develó una placa en honor de Ferrer, nacido en Santander (norte de España), y quien fue publicista, escritor y mecenas cultural.

Fue nombrado Hijo Predilecto de Guanajuato y recibió también la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil del rey de España, Juan Carlos I, en 1988, entre otros galardones.

Entre los actos previstos está la presentación de su libro "México en el corazón". También habrá una exposición-homenaje a Ferrer con "Quijotes", de la Colección Askenazi, y se leerá un texto en su memoria elaborado por el escritor mexicano Carlos Monsiváis.

El primer coloquio se celebró en 1987, el mismo año en que se fundó el Museo Iconográfico del Quijote. La cita ha dejado de realizarse en tres ocasiones (1992, 1997 y 2001).