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lunes, 28 de diciembre de 2009

Inocencia impaciente (Isabel Fonseca)

Inocencia impaciente (Isabel Fonseca - Vanity Fair)

Vivir en el país equivocado -y viajar de tanto en tanto a los lugares donde no hablan tu lengua materna- es una bendición y una gran suerte. Por lo menos para los escritores. Incluso después de pasar décadas en el extranjero, el mundo adoptado no pierde esa nítida cualidad de ser "otro", un hábitat que requiere una observación desapasionada. Cosa que resulta práctica, porque un escritor nunca deja de trabajar. O no lo hace con mucha frecuencia. Este otoño he estado en Barcelona a propósito de la publicación de un libro y para asistir a una fiesta. Se celebraba el cuadragésimo aniversario de Anagrama, esa editorial independiente caracterizada por un internacionalismo tan marcado que el 62% de su catálogo se compone de libros traducidos (entre sus escritores hispanoparlantes se esconden varias docenas de extranjeros más: los latinoamericanos).

La fiesta, como sucede en esa ciudad cosmopolita, se desarrolló en castellano, catalán, francés e inglés. Y el tema candente de esa semana fue la inesperada detención de Roman Polanski: genio indómito, degenerado desplazado y, de forma menos discutible, hombre dotado de un talento sobrenatural para estar en el lugar equivocado. A Polanski lo llevaron a Polonia de niño (había nacido en París), donde presenció, literalmente, cómo el gueto de Varsovia se cerraba en torno a él. Vio, a los ocho años, cómo se llevaban a sus padres, a los que subieron a unos trenes que se dirigían a los campos de concentración (su madre nunca volvió). A los 10 se escapó del gueto y llegó a la supuesta seguridad bucólica del campo polaco, donde lo acogió una bondadosa familia de campesinos, aunque allí los soldados alemanes le disparaban "como si yo fuera un ardilla, o algo así". Y todavía tuvo que malgastar su juventud en la muy lóbrega Polonia comunista.

El resto es aún menos esperanzador. Los Ángeles, una especie de cielo esperadísimo (incluso vivió en una calle llamada Cielo Drive), resultó ser el más equivocado de los lugares equivocados. Allí, la aniquilación de su mujer embarazada -en aquellos horripilantes asesinatos- puso el punto final a los locos años sesenta. Y la vida de Polanski, como una película de terror que sólo él podría haber rodado, siguió proyectándose: su famoso delito, el famoso juicio, la famosa fuga, y después, décadas más tarde, la surrealista detención en ese país ultradiscreto, profesionalmente neutral, cómodamente trilingüe, lleno de cencerros y de chocolate: Suiza.

A los asistentes a la fiesta de Barcelona les parecía obvio que ser ciudadano del mundo era el mayor privilegio de nuestra época moderna y globalizada; pero también estaba Polanski. ¿Era un hombre de mundo? ¿O un hombre a la fuga? Mientras los otros se batían en duelo, yo pensaba sobre todo en mi hija de 13 años, ciertamente una niña, a quien imaginaba durmiendo en Londres sin correr peligro alguno. Pero también recordó lo que yo sentí cuando era adolescente, en 1977.

Me acuerdo sobre todo de un día, o más bien de una noche. Era a finales de abril (unos meses antes del desastroso encuentro de Polanski en el jacuzzi de Mulholland Drive). Había conseguido escaparme del colegio en el que estaba internada y, no sé cómo (mi hermana conocía a alguien), entré en el Studio 54 la noche de su inauguración. Qué contentas nos pusimos mis amigas y yo cuando leímos al día siguiente que a Warren Beatty, a Cher y a Frank Sinatra les habían denegado la entrada. Ése era el concepto del Studio 54 y, en cierto sentido, de aquella época (todavía quedaba toda una generación para que llegara la fama implacable de los realities): mezclar a las estrellas con desconocidos, sobre todo con desconocidos adolescentes y guapos. Yo tenía dieciséis años, no trece pero -para ser justos con la madre, tan frecuentemente atacada, de la presa de Polanski-, en aquellos tiempos los padres no tenían una actitud tan vigilante: la gente no estaba siempre esperando lo peor.

Las chicas, desde luego, no sentíamos ningún miedo. ¿Por qué íbamos a sentirlo? Éramos jóvenes, y éramos las elegidas. en las escasas ocasiones en las que acudíamos al local, Steve Rubell, el dueño, nos colaba y nos metía en la rampa que desembocaba en las fauces del Studio 54, el lugar al que, al parecer, el planeta entero quería ir. Dentro de la gruta de luces estroboscópicas, oscurecida por ese ridículo humo de discoteca de los años setenta, bailábamos como locas: un círculo de ninfas eufóricas que se contoneaban y que vociferaban (aunque no éramos nínfulas, y menos aún ninfómanas), como siervas de Diana en el umbrío bosque de la discoteca; Diana, diosa de la luna y de los bosques y, por supuesto, de la caza; Diana, que también encarnaba la castidad.

Todo lo demás estaba presente, a la vista de todos y disponible para nosotras: el vodka, el piso superior en el que "sabíamos" que la gente mantenía relaciones sexuales; las mesas de cristal, donde figuras encorvadas preparaban las rayas de coca con tarjetas de crédito y las esnifaban con billetes de dólar enrollados. (Hasta los objetos de decoración se metían cocaína: ¿dónde habrá terminado aquel luminoso enorme en forma de luna con rostro humano que tenía una cuchara de plata?). Una nueva estirpe de pijos extranjeros -que aún no habían recibido el apelativo de eurotrash- apareció durante aquella época, mucho más sofisticados que los chicos estadounidenses (y el año siguiente, una hornada de persas elegantísimos, que habían escapado de Teherán antes que el sha, llegaron a nuestro pequeño y austero internado de Nueva Inglaterra: unos chicos de 17 años, aturdidos y maravillosamente extraños, que vestían cachemira y tenían coches deportivos). Pero en Discolandia éramos suficientemente jóvenes y, a diferencia de Samantha Geimar, la víctima de Polanski, tuvimos la suerte de pode reírnos de las esquinas oscuras y de todas las veces que escapábamos por los pelos. En realidad, el pasado es otro país, y a mí me gusta vivir donde estoy ahora.

Residir en el país equivocado presenta otra ventaja imprevista. Tu país de origen no pierde la frescura y tú, en cierto sentido, nunca dejas de ser joven. Mi casa está en Londres, pero siempre me encanta volver a mi ciudad natal, Nueva York, en la que puedo imaginar que tengo 23 años, mi edad cuando me marché, cuando mi vida aún era (para mí) un deslumbrante signo de interrogación. Hace poco, en un de esas visitas, cené con unos primos. El restaurante era italiano, los camareros, ecuatorianos, el idioma inglés, el vino, argentino; y cuando planteé la idea de que yo tenía suerte de ser de aquel lugar, no de estar allí, uno de mis primos me lanzó un ataque preventivo con esa seguridad típicamente americana. Me respondió que yo no sólo me había quedado sin hogar, sino también sin alma y, para ilustrarlo, citó a un escocés, a sir Walter Scott: "Allí se encuentra un hombre de espíritu muerto / pues nunca se dijo a sí mismo: ¡he ahí mi tierra natal!".

Cuando volví a casa, a Londres, sondeé a mis dos hijas, que han tenido que cambiar de entorno varias veces y que han vivido en dos idiomas y en dos hemisferios distintos. Pero que, como todavía son niñas (la cuestión que el viejo Polanski no llegó a comprender), no han elegido su identidad fracturada, algunos dirían que desarraigada. Las dos defendieron enseguida sus circunstancias cambiantes. Yo insistí: ¿qué tiene de bueno haber vivido en tantos sitios "Le pierdes el miedo a lo nuevo", observó Clío, mi hija de 10 años, que acababa de empezar a estudiar en su sexto colegio. Pero las últimas palabras deben ser las de mi hija de 13, ajena a los jacuzzis y a las resonancias más estremecedoras de la metáfora que eligió: "Las oportunidades son como un tren -aseveró Fernanda-. Si lo coges, corres un riesgo. Pero si no corres ese riesgo, te quedas atrapada en la estación".

(fuente: Vanity Fair, enero 2010, págs 18 y 20)

sábado, 9 de mayo de 2009

El Sur en el Sur (Edmundo Paz Soldán)

El Sur en el Sur (Edmundo Paz Soldán - Vanity Fair)

(Edmundo Paz Soldán acaba de publicar "Los vivos y los muertos", ed. Alfaguara).

(Con 21 años el escritor boliviano Edmundo Paz Soldán se marchó becado como futbolista a estudiar a Alabama. Entre regates y estadios vacíos prosperó su sueño de ser escritor. Dos décadas después, aún en EE.UU., nos recuerda su gran aventura).

A principios de 1988, acepté una beca para jugar fútbol por la Universidad de Alabama. En ese entonces, estudiaba en Buenos Aires y era feliz; allí había descubierto mi vocación literaria y me sentía en casa. Pero la beca incluía la matrícula, el pago del alquiler del piso y un cheque mensual que me alcanzaría para vivir bien. Fue imposible resistirme. Estudiaría Ciencias Políticas, me trasferirían un año de créditos y sólo tendría que tomar tres años de clases.

Una tarde húmeda de agosto, aterricé en el aeropuerto de Huntsville. Lucho Tejada, el amigo que me había hablado de la beca, me llevó a las residencias estudiantiles, donde compartiría piso con tres estudiantes del equipo de fútbol y uno del de hockey.

Durante mi primera práctica conocí al coach Stromecky -un ruso bajito y robusto-, y a algunos de mis compañeros, entre los que se encontraban los ingleses Rob y Bryan, un colombiano de Miami (Rusty) y un libanés que se hizo buen amigo mío. Apenas los entendía: hablaban un inglés lleno de contracciones. Esa tarde, hicimos ejercicios y nos pasamos la pelota en una cancha de césped perfecto, bajo un sol que quemaba.

Las primeras semanas fueron duras. Para evitar la tortura del sol, entrenábamos a las siete de la mañana. Para colmo, a veces ni siquiera jugábamos: eran dos horas de correr, hacer elongaciones, rematar al arco. Había jugado en el colegio, pero nunca pude dar el salto a las ligas infantiles y juveniles porque no me gustaba entrenar. El fútbol, para mí, era puro placer, y me resistía a la disciplina necesaria para ser un mejor jugador. Por eso, cuando llegué a Alabama, estaba algo desfasado: no tenía el mismo nivel físico que mis compañeros. ¿De qué me servía ser un delantero con buena gambeta si no podía superar a ningún defensa en velocidad?

Viajábamos en bus a jugar con otras universidades. Mis compañeros escuchaban música en sus walkmen o hacían las tareas; yo leía (Do the androids dream of electric sheep?, Neuromancer, Light in august), y, con el rostro en la ventana, veía pasar, deslumbrado, la enorme diversidad de ese país-continente. Parábamos en restaurantes que ofrecían bufés all-you-can-eat, y antes de un partido comíamos pasta. Nos alojábamos en hoteles recién renovados, con alfombras flamantes y televisores enormes en las habitaciones. Me sentía un provinciano recién llegado a la capital. Con el tiempo, descubriría que era más bien alguien del Sur llegado a otro Sur, un Sur profundo que quería mirar al futuro -lo atestiguaban tantos edificios de paredes espejadas en el campus-, pero no podía desprenderse de su pasado conflictivo y traumático, de las heridas de su historia de prejuicios y racismo.

Viajamos a Memphis, y no pude conocer Graceland. Fuimos a Oxford, y no me dejaron visitar la casa donde había vivido Faulkner. Estuvimos por Mobile, y ni siquiera vi la playa. En Panama Beach, nos goleó un equipo de una universidad local en el que todos los jugadores eran escandinavos y medían un metro ochenta. En Birmingham y Atlanta tampoco pude ver nada. Viajaba mucho, pero conocía poco. Eso sí, iba aprendiendo ciertas cosas. Por ejemplo: todos los jugadores teníamos becas completas y jugábamos en estadios espectaculares, y sin embargo las tribunas se hallaban vacías. Pensaba: qué país tan rico y poderoso, capaz de dar tremendas becas a jugadores de un deporte que no interesa.

Pero la beca era un buen medio para conseguir lo que realmente quería: convertirme de una vez por todas en escritor. En Hustville tenía el tiempo libre necesario para leer y escribir. Sin embargo, a principios de octubre, la soledad comenzó a ahogarme. Extrañaba Buenos Aires. Quería retomar mi vida de antes, volver a las calles de esa ciudad en la que había descubierto mi vocación literaria.

Hablé con mi madre y le dije que no aguantaba más. Me dijo que no tenía por qué sufrir, tenía un paisaje de vuelta en mi mesa de noche, podía usarlo cuando quisiera. La psicología infantil funcionaba conmigo: el permiso que me dio para volver hizo que decidiera quedarme, por lo menos hasta el fin del primer semestre, en diciembre. Luego vería qué hacer.

Esa temporada terminamos quintos. Creía que tendríamos mejor suerte el siguiente otoño (nos fue pésimo). También, que podía aguantar un par de años más; me iría de los Estados Unidos después de concluir mis estudios. Jamás se me hubiera ocurrido que seguiría viviendo allí 20 años más tarde, y que después de Alabama vendrían California, Texas y Nueva York. Pero ésa es otra historia.

(fuente: Vanity Fair, mayo 2009, pág. 24)